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Agotamiento número 1

En la fachada del edificio de ladrillo, por encima de la puerta de barrotes metálicos, una foto en blanco y negro de la fachada del edificio de ladrillo. “Porta d’entrada al recinte fabril,”, informa un letrero. Por entre los barrotes, un niño con una camiseta del Barça persigue una pelota amarilla y desaparece de mi vista al tiempo que otro cruza fugazmente en dirección contraria tras un balón de color naranja. Por detrás de ellos, algunas mochilas sobre una estructura alargada de madera clara. “Actual accés als equipaments educatius”, continúa el letrero.

Estoy sentado frente a la fachada del edificio de ladrillo, en el más bajo de tres escalones de la misma madera del patio, con la espalda apoyada en una barandilla que marca el límite entre este espacio protegido del asfalto y el tráfico. Es la tarde de un lunes de un invierno frío que da sus últimos coletazos. Hay motivos geométricos pintados de verde sobre el pavimento, círculos y líneas ondulantes que alguien debe tener que repasar cada cierto tiempo para que pueda mantenerse la vivacidad del trazo. Miro el reloj: las cinco y cinco. Una paloma con el plumaje del cuello erizado y sucio se posa en el interior de uno de los círculos.


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